Para ver video click en: Entrevista
Lunes 2 de abril del 2012, 11:30
am. Al lado del hospital universitario,
ubicado en la 5ta con carrera 36, Luis Carlos Mejía, tanatólogo, realiza su
trabajo en una de las tantas funerarias cada vez que la muerte reclama su
gente.
En la puerta del laboratorio se
escucha un golpe seco diciendo, Luis te traje otro de sus pacienticos, aquí te
lo dejo. Mientras el respira profundamente y se dirige hacía el corredor. Lo
primero que hace antes de recibir el cuerpo es lavarse las manos con abundante
agua y jabón, para luego colocarse los guantes y la bata. Posteriormente
verifica todos los documentos, la causa de la muerte, la cédula, la fecha de
nacimiento y la hora del deceso. Luego pasa a la mesa, y mientras desabrocha el
botón de la chaqueta a la anciana que acaba de fallecer por muerte natural, lee
con la mano izquierda los documentos verificando si tiene alguna infección o
enfermedad.
A continuación como si estuviera
tratando a un bebe, carga a la señora y la coloca en la tina. Se asegura que
cada parte del cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, se encuentre en total
limpieza. Primero empieza por los pies, cortando cada uña y cada cutícula, y
enseguida con movimientos circulares y un poco alargados frota la esponja por
sus dos piernas, una tras otra, para después subir por el genital, ya arrugado
por su edad, pero con calma y paciencia intenta pasar la manguera por encima
antes de seguir con el torso. Cuando llega al rostro, se detiene, enjabona cada
ceja, cada poro y se fija que los oídos estén fuera del alcance del agua, para
no contaminar el cuerpo.
De pronto tocan otra vez a la
puerta, y él contesta, -¿Qué pasa estoy con un paciente? La familia Mejía, es
la familia. Cierra la llave y deja a un lado de la tina la manguera. Coloca la
toalla en su hombro derecho y pone a la anciana encima de la mesa, mientras se
dirige hacia la puerta. Luis Carlos Camina rápidamente y se encuentra con 10
personas ensollozadas, que reclama apaciguar el rostro de su tía, abuela, prima
y mamá por última vez. – La señora todavía no está lista, con mucho gusto en una hora podrán verla.
Luis camina con la mirada hacia el piso hasta
llegar al laboratorio. Enciende la maquina donde esta el formaldehído, coje un
puñado de algodón, un par de pinzas y un bisturí, y los deja al lado de la
silla. Retrocede un paso para respirar profundo y empieza a hacer una fisura en
la entrepierna. Coloca un tubo semigrueso dentro de la cavidad vascular, otro
por la ingle, uno en la otra y otro en la boca. Al cabo de unos minutos el
formoldehido empieza a penetrar cada parte del cuerpo, mientras él va sobando
las piernas y las manos con movimientos verticales. Quince minutos después
viste de nuevo a la señora con otro traje que uno de los familiares lleva para
la ceremonia.
Cuando llega la hora del
maquillaje, se queda callado y mira el cuerpo durante 10 minutos. Después sale
del laboratorio en busca de sus familiares, y le pregunta a uno de ellos por la
señora. Entonces en medio del caos la familiar menciona algunas características
que pueden servir a la hora de maquillar
el cuerpo. Así que satisfecho por la respuesta entra de nuevo al laboratorio y
se dirige hacia el cadáver. Hidrata la cara con mucho cuidado y con las yemas
de los dedos le da un masaje por toda la cara, tratando de que ésta quede
uniforme. Luego coloca los polvos de acuerdo a su color de piel, los reparte
por cada espacio del rostro hasta asegurarse que tape el brillo. Después
comienza a maquillar la cara y se fija que cada detalle sea milimetrado. Inicia
con la delineación de cejas, luego por las sombras hasta llegar a los labios.
Por último se da vuelta y examina su cabello, y lo peina del lado en que la
señora solía hacerlo. Antes de salir, deja el cadáver en el ataúd y le hecha un
último vistazo.
Unas horas después de la
velación, y de prepararse para otro cuerpo, pasa por el pasillo, y alguien de
la familia le dice aun con los ojos hinchados y con un pañuelo en la mano. Dios
le bendiga las manos que tiene, usted es un artista, quedo hermosa mi abuelita.